Grindhouse: Rodríguez y Tarantino. Trailers y citas

17. Septiembre 2007 Por Jesus Parrado | Comentar »

No deja de resultar curioso que en la presente temporada hayan llegado a las pantallas una serie de ejercicios fílmicos firmados por realizadores variopintos de trayectoria y valoración desigual, quienes, fijando su mirada en el pasado, ofrecen al espectador actual una serie de propuestas que valoradas en su justa medida podemos decir que, al cabo y a la postre, resultan productos delicuescentes.

Lo anterior no pretende ser una apreciación peyorativa, puesto que uno es consciente de la etapa de transición en que parece haberse estancado “el arte e industria cinematográfica”, ofreciendo y buscando distintas opciones en los últimos años. Pero no deja de ser cierto que esta serie de películas revisionistas y homenajeantes y que tienen mucho de sucedáneos, por qué no decirlo, parecen olvidar la principal virtud de sus modelos, las originales, que eran películas concebidas por y para el público y no ejercicios de ego de su hacedores.

Dicho esto, aclarar que el presente comentario está realizado sobre la concepción original de Grindhouse, un homenaje a los programas dobles y a las extintas salas donde éstos se exhibían. Ni que decir tiene que tal y como han sido mostradas a los espectadores de fuera de los USA, el espíritu e intención original de la propuesta desaparece y se diluye al convertir en dos películas lo que estaba concebido como un único espectáculo. Al ser vista por separado se acentúa, para mal, el modo, manera y/o visión con que afrontan la realización y creación cada uno de sus responsables: Robert Rodríguez y Quentin Tarantino.

Visto el resultado, no nos queda más remedio que afirmar que lo mejor de la función son los trailers, unos avances de films inexistentes. De resultado desigual y realizados por Rob Zombie (Werewolf women of the SS), Edgar Wright (Don’t), Eli Roth (Thanksgiving) y Robert Rodríguez (Machete), quien inaugura la sesión. Los tres restantes tienen lugar entre las dos películas, Planet terror (Rodríguez) y Death proof (Tarantino).

Tal como decíamos, los trailes se revelan como lo más divertido, imaginativo e inteligente del programa doble, sobre todo los tres centrales, donde Rob Zombie se sumerge en el cine delirante  y desmelenado proponiendo incluso un lisérgico Fu-Manchú  incorporado por Nicolas Cage, Edgar Wright ofrece una mirada al terror sobrenatural a camino de los años 60 y 70, y Eli Roth desgrana ante el espectador la mecánica del slasher. Rodríguez por su parte, lejos de la agudeza y complicidad de estos, rinde pleitesía con mirada oligofrénica al cine de acción más barato y ramplón, siendo su modelo los ortopédicos y fenecidos productos Cannon, perpetrados por los “señores” Golam y Globos.

Así, Rodríguez se muestra incapaz de llevar más allá el discurso breve, algo que ya había demostrado de sobra con la primera pieza, Planet terror. En ella es manifiestamente comprobable que, sin tener a Frank Miller a su lado, no puede realizar una película decente y eficaz. De los muchos errores, e incluso algún horror, que comparten Planet terror y Death proof, tal vez el más llamativo sea la tardanza en entrar en materia, en arrancar la película, situando y centrando la atención del espectador dentro de la trama.

La película de zombies de Rodríguez nos sumerge en un exceso infantil de casquería y acción zafia supeditada a los golpes de efecto bobalicones. Huelga decir que el estilo de Robert Rodríguez es no tener estilo, aplicándolo sin rubor de forma desaliñada ycarente del menor pulso cinematográfico. Un caos fílmico donde, muy erróneamente, más es mejor, y cuyo resultado es plúmbeo y cansino. A eso se añade que lo inverosímil es mostrado con torpeza al carecer Rodríguez, ya no de talento, sino de sentido común, de sentido de la medida, y de agudeza.

Así pues, estos muertos vivientes de Rodríguez deambulan por un universo sublimado, convenientemente banalizado, y extraído de Apocalipsis caníbal (Bruno Mattei, 1980), Demons (Lamberto Bava, 1986) y Zombie 3 (Lucio Fulci, Bruno Mattei, 1988), películas más cerca de la concepción mimética propuesta por Lucio Fulci, que del modelo original desarrollado por George A. Romero.

Por su parte Tarantino sigue fiel a sí mismo: diálogos interminables, ya dirá alguien que geniales, narración fragmentada, travellings de ida y vuelta, movimientos de cámara envolventes, encuadres preciosistas y planos “a lo Leone”, mostrando muchos pies y muchas piernas. Tarantino juega con que un gran sector de su público, el que lo eleva y le otorga la categoría de genio, desconoce los modelos de los que parte e incluso podríamos decir que otro tanto hace una cierta crítica adoctrinante y cómplice que, por desconocimiento, lo encuentra sagaz, divertido e incluso sorprendente, y encumbra el sustitutivo antes que el auténtico.

Death proof es un festival tarantiniano en el que la mayoría del relato no pasa gran cosa y que parece ir a ningún sitio, y que sitúa, como es habitual en Tarantino, el clímax narrativo a la mitad de la historia, pasando después a un guiño al segmento de Rodríguez. Ambas películas confluyen de ese modo para introducirnos en el pedestre y desmañado cine de acción y persecuciones de los años 60 y 70. Concretamente aplica una capa de barniz, tomado del espíritu de las primeras producciones de Spielberg y Carpenter, sobre el cine de Al Adamson, Ted V. Mikels, Jack Starret o Lee Frost, donde después de la persecución viene la revelación de las múltiples citas, guiños y homenajes (¿plagios?) de la mano de Faster pussicat, kill, kill (Russ Meyer, 1966).

Para su estreno como películas independientes, se ha aumentado el metraje de ambos films, ya que de haberse exhibido tan como habían sido concebidos (una de las gracias consiste en la pérdida de una bobina en cada una de ellas) no llenarían los minutos mínimos que el cine comercial exige hoy en día. Es decir, que por aquí hemos pagado por ver los extras en la edición de DVD. La justificación para este horror, la dio su “producer”, el temible Harvey, ejecutivo de The Winstein Company y creador de Miramax Films, quien comentó durante la presentación “el desconocimiento de los programas dobles en Europa”.

Por último comentarles el error garrafal que supone este aumento de metraje, pues no hace más que ampliar el exceso y la sensación de indigestión y congestión, y que el programa doble resulta pesado e interminable. Cierto que Rodríguez y Tarantino han hecho lo que les ha dado la gana (bravo por la libertad creativa), pero ¿se acuerdan de lo que les comentaba al principio? ¿De la principal virtud de los modelos originales? Pues eso.

© 2007, Jesús Parrado

Peor… ¡imposible! en la prensa local (2)

12. Septiembre 2007 Por Rodolfo Martínez | Comentar »

De La Voz de Asturias del sábado, 1 de septiembre

Como siempre, si pincháis en la imagen, podéis descargaros una versión en PDF.

¿Peor?… sí es posible

5. Septiembre 2007 Por Iván Olmedo | Comentar »

Por Iván Olmedo 

Me llamo Iván, nací en los años setenta y mi padre tenía un videoclub. Los dos últimos datos son esenciales para justificar mi querencia por el cine popular del que da buena muestra el ciclo Peor… ¡imposible! No pretendo, ni mucho menos, ser uno de esos devoradores de celuloide a quienes se les ha comido los ojos la pantalla grande, sumidos en la oscuridad onanista del cinéfilo. Pero, al menos, sí puedo decir que viví gran parte de la fiebre del cine en casa, ya que lo tenía muy cercano, y que mi infancia está plagada de recuerdos de películas baratas. Sí, exactamente como las que hemos podido volver a disfrutar, por suerte, durante la cita anual del ciclo gijonés que lleva de la mano Chus Parrado. Un puñado de cintas cutres, explotation, excusas para reciclar decorados y actores, intentos de exprimir hasta el fondo los éxitos de la temporada, ocasos de estrellas del cine de barrio, descaradas copias de superproducciones… un despliegue increíblemente rico y diverso de posibilidades para el verdadero amante del cine; no apto para pejigueras de última generación.

Decía yo… pasé gran parte de mi infancia tragándome toda clase (excepto la clase “S”) de películas gracias a la – temporal, me temo – profesión de mi progenitor. Los ochenta fueron la década del bombazo del vídeo, y la locura se adueñaba de las calles. O mejor, las calles se veían barridas por la locura que se manifestaba en las comunidades de vecinos, en las salitas de estar de toda familia de clase media. Recuérdese que no eran tiempos como éstos; por supuesto, cosas como el emule, el DVD o cualquier gadgetoavance que se les ocurra solo existían en la imaginación de algunos, quizás. El cine todavía era EL CINE, y para acudir al estreno de E.T. el extraterrestre había que tener poco menos que un pacto con el diablo, o muchas ganas de hacer cola para sacar las entradas. Pero, ¡qué emoción, amigos, cuando podíamos acceder por fin a la magia! Una magia que se reprodujo gracias a un aparato decididamente aparatoso, y caro, que llenó los hogares españoles de experiencias nuevas. El vídeo mató a la estrella de la radio (lo siento, tenía que decirlo) y ese fue el principio de todo.

No caerá de sorpresa que, como muchos otros que posteriormente se han dedicado a juntar letras, rodar en imágenes las historias que se les ocurrían de niños o manchar cuartillas con dibujitos, durante mi infancia prefería estarme en casita emborronando papeles, jugando con los clicks o, por supuesto, viendo la tele, antes que correteando con los gamberros del barrio. Que alguna escaramuza vecinal hubo, también, pero como en plan culpable y con la conciencia no muy tranquila. Sin embargo, la feliz casualidad que hizo que al alcance de mi mano se encontrara todo un catálogo de títulos entre los que podía escoger libremente, me permitió visionar cantidades inenarrables de aventuras de chinos voladores con espadas increíbles; cintas de griegos, o romanos, con fondos de cartón piedra; westerns hispano-ítalo-germanos de títulos imposibles; mamporradas de lagartos y polillas gigantes arrasando Tokio;  italianadas absurdas; y ciencia ficción blanda con la que ni siquiera un infante tragaba. Aunque también hay que decir que los infantes de aquellas épocas poseíamos todavía una pequeña dosis de inocencia que hoy parece haberse perdido en nuestros recambios del siglo XXI. El terror y la fantasía más madura llegaron un poco después, tras el relajamiento del veto materno. Nada que ver con la relajación actual.

De esta manera se fue formando, supongo, la arquitectura de mis conocimientos culturales de baja ralea, condimentados además con los insustituibles tebeos, las series que triunfaban en la tele y, un paso después, el acceso a la cultura de la buena, con la irrupción de los libros, de la literatura de verdad. Siempre, claro, midiendo los pasos en función de lo aceptado socialmente. Las películas, mientras tanto, han seguido siendo el espejo de los sueños de toda una generación para la que el invento del vídeo supuso una revolución absoluta, dejando huella imborrable en nuestras vidas. El ciclo Peor… ¡imposible! recupera en estos tiempos de locura colectiva, de deshumanización y de consumismo absurdo aquellas obras que marcaron unas épocas que se nos antojan mucho más inocentes (aunque me resisto a creerlo).

Desde el enfoque de lo cutre, lo casposo y lo desvergonzado se mira hoy a estos títulos, pasándoles el rodillo del análisis sin piedad; desmenuzando sus carencias y riéndose de sus diálogos poco menos que infantiles. Quizás demasiado gratuitamente, sin pararnos a echar un vistazo al cine que se hace hoy día, a la vertiente más comercial, equiparable a aquella de las décadas pasadas de las que hablamos. Salvando las honrosas excepciones que se pueden encontrar en cualquier época, el cine popular del siglo XXI ha optado por el camino rápido y fácil de la endogamia más absoluta. Frente a los cócteles de monstruos de los 50, pergeñados, al menos, basándose en guiones originales; o las series de exploitation continua de los 70, lo que manda hoy es el remake directo y la secuela. Y el remake del remake. Y la secuela de la secuela. Y la secuela del remake. Y el remake de la… ya se me entiende. A la tortilla le han dado la vuelta. La habitual escasez de dinero en épocas pretéritas, paliada en parte por la buena voluntad y las ideas, ha dejado paso al flujo continuo de dólares que son incapaces de enmascarar convincentemente los signos de la más grave enfermedad que puede afectar a todo arte: la parálisis creativa. Véase si no ese Piratas del Caribe III, hinchado de dólares y aderezado de estrellas, que no es sino un descendiente directo de la Serie B más desvergonzada donde todo vale para continuar explotando el escenario. Si no fuera por los medios técnicos de que se dispone hoy día, poca diferencia encontraríamos. Un Kraken en stop-motion; un Davy Jones con máscara de cartón piedra… o unos trucos dignos de Bert I. Gordon.

Si el espectador es capaz, hoy día, de contemplar con una mueca sardónica en el rostro las escasas virtudes cualitativas del cine proyectado en Peor…¡ imposible! pero es incapaz, por el contrario, de ver los mismos defectos aumentados en el cristal del cine de hoy, es que vive engañado. Sueña engañado. Basta fijarse un poco y opinar con justicia. El Séptimo Arte atraviesa una mala racha, que intentan maquillar expertamente desde Hollywood a toda costa. Pero cada vez nos engañan menos y nos cansan más. Acercarse al ciclo aquí tratado y rememorar las películas que marcaron nuestra infancia, llenándola de fantasía, puede ser una dura prueba a la que enfrentarnos. Pero nos puede, además, conducir a jugosas conclusiones acerca de los tiempos que vivimos. Y es que, si ningún tiempo pasado fue mejor, éste tampoco va camino de serlo.

(Publicado originalmente en Blogdemlo)

Peor… ¡imposible! en la prensa local

30. Agosto 2007 Por Rodolfo Martínez | Comentar »

El martes, 28 de agosto, tuvo lugar la rueda de prensa que presentaba a los medios la novena edición de Peor… ¡imposible!, además de anunciar el contenido de la mesa redonda de esa noche en la que participaron León Arsenal, Javier Negrete, Rodolfo Martínez y Antonio Fontela como moderador.

Los periódicos locales recogieron la noticia al día siguiente, además de varias cadenas de televisión.

El primer recorte es de El Comercio, diario local gijonés. El segundo, de La Nueva España, periódico de ámbito regional. Si pincháis en cada una de las imágenes, podréis descargaros una versión en PDF.

Presentación de Peor… ¡imposible! IX

29. Agosto 2007 Por Jesus Parrado | Comentar »

En la pasada AsturCon, Jesús Parrado aprovechó el espacio que le cedían para presentar su ciclo de cine para hablar de un poco de todo, en su característico e inimitable estilo. No sólo de Peor… ¡imposible! o del cine de género en general, sino de muchas cosas más.

Peor… ¡imposible! IX

11. Agosto 2007 Por Jesus Parrado | Comentar »

Lunes, 27 de agosto

18:00 DESVENTURAS DE LA POCO CIENCIA Y LA MUCHA FICCIÓN

  • Introducción a cargo de Rodolfo Martínez.
  • Star Crash (Italia, 1979)
  • Aventuras en el centro de la Tierra (México, 1965)

Martes, 28 de agosto

18:00 LA AVENTURA ALINEADA

  • Introducción a cargo de Juan José Pérez
  • Specterman (Japón, 1971)
  • Top Line (Italia, 1988)

22:00 LOS CUERPOS DE LA AVENTURA

  • Mesa redonda modearada por Antonio Fontela. Intervienen: León Arsenal, KJavier Negrete, Rodolfo Martínez.
  • Flint, agente secreto (EEUU, 1966)

Miércoles, 29 de agosto

18:00 CUANDO FUIMOS ADULTOS

  • Introducción a cargo de Antonio Fontela.
  • Black Gestapo (EEUU, 1975)
  • Apocalipsis Caníbal (España-Italia, 1980)

22:00 CINE DE CULTO

  • Superargo, el gigante (España-Italia, 1968)

Jueves, 30 de agosto

18:00 EXOTISMO A PRECIO DE OFERTA

  • Introducción a cargo de Javier Cuevas
  • Santo vs. Blue Demon en la Atlántida (México, 1969)
  • Doble objetivo (Italia, 1986)

22:15: SESIÓN SORPRESA

Viernes, 31 de agosto

18:00 SPACE OPERA

  • La batalla del espacio exterior (Japón, 1959)
  • Mesa redonda moderada por Marisa Cuesta. Intervienen Juan Miguel Aguilera, Antonio Fontela, Rafael Marín, Rodolfo Martínez, Juan José Pérez.
  • El hombre que salvó el mundo (Turquía, 1982)

Sábado, 1 de setiembre

11:30 LA AVENTURA INTERIOR

  • Mesa redonda moderada por Rodolfo Martínez. Intervienten Juan Miguel Aguilera, Javier Cuevas y Rafael Marín.
  • Dreamscape (Canadá, 1984)

16:00 MARATÓN: EL ACABOSE (LA FIN ABSOLUE DU MONDE)

  • Los monstruos del fin del mundo (Japón, 1966)
  • Galaxy Destroyer (EEUU, 1983)
  • Demons (Italia, 1986)
  • Vampiros vs humanos, nueva era

Star Wars turco, la secuela

11. Febrero 2007 Por Jesus Parrado | Comentar »

Hasta que llegó su hora: la esencia del western

27. Octubre 2006 Por Rodolfo Martínez | Comentar »

Hasta que llegó su horaHasta que llegó su hora.
Edición especial coleccionista

Dirigida por: Sergio Leone
Guión de: Sergio Donati, Sergio Leone, a partir de una historia de Dario Argento, Bernardo Bertolucci, Sergio Leone
Producida por Fulvio Morsella
Música de Ennio Morricone
Intérpretes: Charles Bronson, Henrry Fonda, Jason Robards, Claudia Cardinale.

Disco 1:
-La película (widescreen en 16:9)
-Comentarios en audio de John Carpenter, John Milius y Alex Cox.
-Comentarios en audio de Sir Chistopher Frayling, el doctor Shledon Hall (historiadores cinematográficos) y el equipo técnico y artístico

Disco 2:
-Documentales: Una ópera de violencia, Los salarios del pecado, Algo que ver con la muerte.
-Presentación: El ferrocarril, revolucionando el oeste
-Galería fotográfica: Los exteriores, entonces y ahora
-Galería fotográfica de la producción
-Perfiles del reparto
-Trailer original

Tras el éxito de la llamada “trilogía del dólar” (Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo) Sergio Leone estaba preparado para embarcarse en lo que había de ser el proyecto de su vida. Sin embargo, las circunstancias dirían otra cosa.Leone quería rodar lo que luego sería Érase una vez en América, una historia de gangsters judíos durante la Prohibición que terminaría convirtiéndose en su testamento cinematográfico. Sin embargo, los grandes estudios, atraídos por el éxito de sus westerns almerienses, querían que siguiera en el género que le había dado fama.Así pues, se llegó a un compromiso. Leone rodaría un nuevo western, tras el que podría embarcarse en el proyecto que realmente deseaba hacer. La historia en realidad sería mucho más complicada, pues Leone tardaría varios años en encontrar financiación para su enorme proyecto y antes de emprenderlo aún rodaría un western más, Agáchate ¡maldito!, que se desarrolla durante la revolución mejicana.La crítica ha intentando vendernos que, en realidad Hasta que llegó su hora, Agáchate ¡maldito! y Érase una vez en América forman una nueva trilogía en la que se detallan las distintas “fronteras” o momentos cruciales en el desarrollo de los Estados Unidos: el ferrocarril, los conflictos en el vecino México y la Prohibición y el ascenso de la mafia. La idea, aunque interesante, tiene su aquél de castillo de naipes que sólo se sostiene en pie mientras no la miremos demasiado de cerca.En cualquier caso, acicateado por la promesa de la productora, Leone se embarcó, con la ayuda de Bernardo Bertolucci y Dario Argento, en la confección del primer borrador de Hasta que llegó su hora. Leone concluyó lo que creía que era el guión definitivo, pero no tardaría mucho en darse cuenta de que, si filmaba lo que tenía, se encontraría con una película inacabable entre manos. Así pues, llamó a Sergio Donati para que le ayudara a encarrilar la historia y eliminar de ella lo prescindible. Incluso así, estaba claro que se rebasaría por bastantes minutos el metraje convencional de una película comercial. De hecho, Leone llegó a rodar algunas secuencias que eliminó del montaje definitivo: incluso así Hasta que llegó su hora terminó rondando los 160 minutos.

Siempre nos preguntaremos por qué la distribuidora española no respetó su título original, ese Érase una vez en el Oeste que en cierta forma resume las intenciones de Leone y sus colaboradores: destilar la esencia misma del western en un único film que en cierto modo fuese compendio y culminación del género. Por no mencionar el reconocimiento, implícito en el título, del carácter legendario, casi fantástico, de la historia del oeste americano.

En Hasta que llegó su hora está resumido casi el género entero: el ferrocarril, los pistoleros a sueldo, los bandidos, el personaje enigmático que llega de ninguna parte buscando venganza, los pioneros, la mujer de dudoso pasado y carácter indomable… faltando tal vez las guerras con los indios y los conflictos ganaderos para que la película estuviera completa.

Pero Leone no se conforma con destilar y compendiar el western: también destila y compendia su propio estilo narrativo, llevándolo a límites casi enervantes: esos obsesivos primeros planos, esas composiciones interminables en las que la música de Morricone se convierte en un personaje más, ese aspecto de sucio y polvoriento que tiene su oeste, los enfrentamientos no verbales -mirada tras mirada tras mirada- entre los distintos personajes y, ocasionalmente, la mirada perdida en el vacío de los grandes espacios en esos breves pero reveladores planos de Monument Valley.

Uno de los mayores aciertos de la película es, sin duda, el casting. La inexpresividad de Charles Bronson al servicio de los obsesivos primeros planos de Leone, el atrevimiento de haber convertido a Henry Fonda en el villano por antonomasia, Jason Robards componiendo un personaje entrañable y peligroso al mismo tiempo y, por supuesto, Claudia Cardinale luchando en soledad (como sólo puede hacer una mujer en un mundo que no ha sido diseñado para ella) por salir adelante.

Añadamos a eso una posible lectura fantástica de la historia (¿está vivo el personaje de Bronson, o es quizá un fantasma que vuelve del más allá buscando venganza? Es algo que la película nunca desvela), una producción cuidada de un modo casi maniático y, especialmente, el ritmo en el que está narrada toda la película, un ritmo que llena de impaciencia al espectador (la secuencia de los créditos iniciales en la estación del ferrocarril, detallista hasta la obsesión, nos dice bien claro por dónde van a ir las cosas) y que contribuye a mantenerlo al borde del asiento durante toda la película.

Y con todos esos elementos tenemos algo que, sin duda, puede calificarse de obra maestra.

La edición, en dos discos, es impecable. Tanto la imagen como el sonido han sido remasterizados con cuidado para darnos la mejor calidad posible.

Los comentarios en audio son un nuevo acierto. Puesto que ya no tenemos al director con nosotros para hablarnos de la película, poner frente a ella a dos directores como Milius y Carpenter (ambos obsesionados -aunque de un modo muy distinto- con la misma épica con la que lo estaba Leone) es una auténtica gozada.

Publicado originalmente en Bibliópolis, crítica en la red.

© 2004, 2006, Rodolfo Martínez

Infraterrestre

8. Octubre 2006 Por Jesus Parrado | Comments Off

Infraterrestre

¿Es posible realizar una película de luchadores enmascarados, concretamente de Santo, en los albores del siglo XXI?

El hecho que motiva el presente comentario responde por sí mismo a la pregunta. Infraterreste, dirigida por Héctor Molinar y protagonizada por el hijo de Santo el Enmasacardado de Plata -ahora simplemente Santo-, Blue Panther, Diana Golden y Luis Felipe Tovar constituye un fallido intento de recuperar el delirio de las películas protagonizadas por el célebre enmascarado de plata y otros luchadores.

Pese a su torpe transcurrir, diálogos y situaciones alocadas, interminables peleas, villanos histriónicos, bajo presupuesto y realización plana, las películas de luchadores se convirtieron en objeto de culto para los degustadores de rarezas y amantes del cine abisal.

Posiblemente lo que más sorprende de estas producciones es su atrevimiento, torpeza, ingenuidad y delirio, todo ello mezclado, agitado y servido al espectador como la cosa más normal del mundo. Cierto que el grueso de estas películas está realizado en unos años en los que el cine de géneros campa a sus anchas, pero en comparación con el tipo de producciones que se hacían en otras partes, pongamos como ejemplo Europa, las hazañas de estos fornidos y orondos enmascarados nacen anticuadas.

Los artífices de este tipo de films fijan su mirada en el cine de terror clásico americano, en la Universal de los años treinta y en los seriales, desaparecidos con la llegada de la televisión.

Por contra en los años sesenta, mientras estos embozados continúan aletargados en arrítmicas planificaciones, en otras cinematografías y merced a la nueva ola cinematográfica, la cámara se vuelve ágil, se mueve por las calles y registra la actualidad y lo cotidiana, resta envaramiento y gravedad y añade fluidez y frescura. Los luchadores mejicanos enmascarados siguen siendo presa de encuadres anticuados y decorados raquíticos con reminiscencias -ahora en color- de un tipo de cine ya fallecido. Y seguirán de igual guisa hasta su desaparición a principio de los ochenta.

A lo largo de los últimos años hemos asistido al resurgimiento de diferentes mitos del cine y cultura popular a través de distintas cinematografías. Así, Japón no solo recupera a Godzilla, sino que ofrece una puesta al día de la tortuga Gamera, entroncándola en su primera entrega con el cine de terror que, en la actualidad, allí se realiza. Francia actualiza el folletín, Estados Unidos, mediante múltiples referencias y géneros, ofrece nuevas versiones de personajes y subgéneros que en el pasado estaban adscritos a la serie B y ahora sobrepasan la barrera de los cien millones de dólares. Estamos hablando de producciones caras, que emplean las últimas tecnologías, asimilan nuevos conceptos narrativos, actualizan su lenguaje y mezclan sin rubor, gracias a las nuevas técnicas digitales, el cómic y el videojuego. Los espectadores han cambiado y el cine también.

Y es en esta época de infografía y animación digital donde el hijo del Santo se desprende de su condición de vástago para intentar ocupar el lugar patriarcal. Infraterrestre, el vehículo perpetrado, nace como un quiero y no puedo, escaso en ingenio y presupuesto. Este intento de actualizar y adecuar el personaje se presenta a todas luces más como un vehículo para dar a conocer a sus responsables que como auténtica recuperación del entrañable personaje.

La película teóricamente es fiel a sus modelos: peleas entre sicarios y enmascarados, diálogos y situaciones ridículas, argumento simple, estancamiento de la acción, sorpresas predecibles y, mira por donde, incluso se permite a través de la figura del niño protagonista un guiño a todo clásico de la ciencia ficción: La humanidad en peligro (Them, Gordon Douglass, 1954).

Pero hace falta algo más que colocar al nuevo Enmascarado de Plata en viejas señas de identidad mostradas con nuevas técnicas para lograr el efecto de aceptación del público. El mayor defecto de la película que nos ocupa es precisamente que se trata de un film que no sabe a qué público dirigirse. La dirección fría e impersonal no transmite ninguna sensación de calor al personaje que está tratando, estrangulándole entre una infografía barata y diluyéndole entre personajes, trama y recursos cinematográficos que restan personalidad a este intento de modernización.

Sé que es inútil hablar aquí de interpretaciones, y más mirando el modelo inicial, pero permítanme un breve comentario acerca del reparto, pues a pesar del esplendor físico de la protagonista, Diana Goleen, esta no posee la seducción, el encanto ni la picardía kitch de Lorena Velásquez. Al igual que Luis Felipe Tovar, a quien el falta el aplomo e histrionismo y credibilidad de un Jorge Rado o Carlos Encifa, por ejemplo.

Así, Infraterrestre es un producto torpedeado y hundido por navegar entre dos aguas y no decantarse abiertamente por ninguna. Los degustadores de rarezas tendrán que contentarse con seguir disfrutando con la “gruesa” filmografía del argentado enmascarado original, Blue Demon, Mil Máscaras, Neutrón y similares. Difícilmente una película como esta encajará en los paladares de los espectadores modernos, a los que en los últimos tiempos les ha sido ofrecida toda una nueva serie de personajes de longeva vida en las viñetas, ahora perfectamente integradas en el cine actual: Spiderman, Blade, Hulk, etc.

En realidad, hay que echarle mucho valor y humor, mucha paciencia y un poquito de cariño -¡caramba!- para enfrentarse con Santo, el enmascarado de plata. Y ni siquiera la mejor voluntad del mundo ni el factor nostalgia nos ayuda en esta especie de resurrección mal orquestada del género.

© 2006, Jesús Parrado

Blackexploitation

1. Octubre 2006 Por Jesus Parrado | Comments Off

ShaftEl liberalismo cinematográfico de los años sesenta otorga humanidad y profundidad a la imagen de los negros que aparecían en las películas norteamericanas, provocando en los setenta una masiva producción de películas destinadas al público de color, que por primera vez se convirtió en uno de los objetivos de los comerciantes de Hollywood, mediante los personajes, argumentos y ambientes donde transcurre la acción.

Se trataba de una serie de films descaradamente comerciales, con apuestos (super)héroes negros, fríos e inteligentes, capaces de realizar las mayores proezas, que contenían siempre elevadas dosis de sexo y violencia y en las que los protagonistas negros salían invariablemente victoriosos.

Esta nueva orientación cinematográfica fue captada a la perfección por directores de color como Ossie Davis, quien plasmó en imágenes la iconografía del ghetto, las formas específicas de vestir, hablar o comportarse en Algodón en Harlem (Cotton comes to Harlem, 1970); o Gordon Parks, autor de Las rojas noches de Harlem (Shaft, 1971), una de las películas de mayor éxito de todas las del ciclo. A través de esta obra perteneciente al film noir, Parks consiguió fijar la mitología del superhéroe de color, y con Superfly (1972) elevó hasta la categoría de mito al personaje del “camello” especializado en heroína, figura que habría de convertirse en una de las más populares y controvertidas de todas las atribuidas a los negros durante este periodo de explotación descarada de su mercado.

El ocaso de una estrellaSolo una minoría de las películas enmarcadas en la blaxplotation tenían como protagonistas a personajes de gran estatura, y entre ellos cabe destacar El ocaso de una estrella (Lady sings the blues, 1972), biografía de la cantante Billie Holyday, dirigida por Sydney J. Fury y Leadbelly (Gordon Parks, 1976), retrato del mítico cantante de country-blues y que fue considerado por Los Angeles Times como “una de las mejores películas de todos los tiempos”. La mayoría de estos filmes taLa mayoría de estos filmes tampoco intentaba abordar ningún aspecto de la historia de los negros; de hecho la primera película de Sydney Poitier como director, Buck el farsante (Buck and the prencher, 1972) contribuyó a dar a conocer un aspecto bastante ignorado de la historia de Estados Unidos: el periodo que siguió a la Guerra de Secesión, cuando los esclavos recién liberados intentaron dirigirse hacia el oeste como colonos, pero se vieron obligados a volver al sur.

La mayoría de estas películas transcurrían en ambientes urbanos, glorificaban el ghetto como una especie de noble jungla e idealizaban los bajos fondos, llenos de “camellos” y proxenetas. El maleante se convirtió así en un figura anti-establishment, en el héroe individualista de la época. En 1972 la Nacional Association for the Advancement of Colored People (NAACP) y el Congress for Racial Equality (CORE) formaron una coalición para enfrentarse a lo que consideraban como una situación intolerable. La controversia continuó durante toda la década de los 70. Incluso se creó un determinado número de productoras controladas por personas de color para hacer frente a las demandas de un enfoque más responsable con respecto a las películas sobre y para negros. Pero, en cualquier caso, la mayoría de los guionistas, productores y directores de películas orientadas hacia este mercado eran de raza blanca y la estructura de la industria siguió siendo esencialmente capitalista y estando en mano de los blancos.

Cotton comes to HarlemEl argumento más repetido por la oposición a esta explotación descarada del mercado de color fue el de que estas obras resultaban psicológica y socialmente perniciosas para los jóvenes negros, que representaban una elevada dosis de público. Se seleccionaron títulos que, en su opinión, ofrecían imágenes positivas y con sentido de la vida de esta raza, entre ellos Sounder (Martin Ritt, 1972) o Black Girl (Ossie Davis, 1972). Estas películas devolvieron a la imagen de los negros una cierta humanidad que para muchos se había perdido en el cine alienante y consumista de los años 70.

Este boom pensado para explotar el mercado negro se desinfló a finales de los 70, al tiempo que un grupo independiente de cineastas de color comenzó a tomar impulso, reexaminando los temas raciales y de la comunidad negra con inteligencia y sensibilidad.

© 2006, Jesús Parrado